La historia de los Shorthorn argentinos que se filtraron y ganan terreno en el mercado estadounidense

11/12/2018

11.12.18Una cabaña de Trenque Lauquen logró llevar su genética a Michigan vía Canadá y ahora apunta a consolidarse en el creciente mercado norteamericano de ganadería pastoril.
Con perseverancia y algo de ingenio, la raza Shorthorn sigue sumando cucardas en la historia de la ganadería argentina. En 1826, de la mano del toro Tarquino, fue la primera raza bovina de pedigrí en llegar a estas pampas y aportarle al rodeo criollo la impronta carnicera británica. Más cerca en el tiempo, en 1994, la Asociación Argentina de Criadores de Shorthorn realizó su primera exportación de cuota Hilton tras invitar a un empresario alemán a que conociera sus sistemas de producción a pasto. Y ahora, de la mano de la cabaña trenquelauquense Santa Cecilia, da un paso más, sofistica sus aspiraciones y posiciona la genética argentina en el pujante mercado estadounidense.
Este capítulo de la historia empezó en 2013, cuando una cabaña importante de Michigan, Estados Unidos, compró el 50 por ciento de dos terneras de un año, explica el propietario de Santa Cecilia, Héctor Mario Eyherabide, en diálogo con Clarín Rural.
Como en Estados Unidos no está permitida la importación de animales ni de material genético de Argentina, tuvieron que buscarle la vuelta: lo hicieron vía Canadá. Implantaron embriones de esas dos vaquillonas en vacas receptoras canadienses, y luego llevaron esas vacas preñadas a Michigan.
En julio de 2017 nacieron los primeros siete terneros de sangre argentina en Estados Unidos, tres hembras y cuatro machos. A los tres meses, una de esas hembras se vendió en un remate por 24.000 dólares; primera señal positiva. Después, en julio de este año, uno de los machos empezó a congelar semen, y hace apenas quince días participó en la exposición de Louisville -junto con la de Denver, la más importante de Estados Unidos-, y fue un éxito. “Se pusieron a la venta solamente 500 dosis en paquetes de entre 10 y 20 y se vendieron todas a 29 compradores de 16 estados distintos; se desparramó por todos lados”, comenta Eyherabide entusiasmado. Además, el centro de inseminación canadiense Semex compró los derechos de comercialización del semen en Canadá y Australia.
Un antecedente reciente confirma el interés de los mercados del norte por la genética argentina. En 2017, una vaca de la misma cabaña, que había sido gran campeona en Palermo -y que es tía por parte de madre del toro que se lució en Louisville- fue campeona del mundo en Canadá.
“Los atrae sumar una genética nueva totalmente distinta a la norteamericana. Los nuestros son animales un poco más chicos que los de allá”, dice el cabañero bonaerense, y añade otro dato fundamental para entender el interés de los productores estadounidenses. “La producción de carne a pasto es un nicho creciente en Estados Unidos y ahí la genética nuestra puede hacer una diferencia. En la Argentina, la genética siempre fue seleccionada a pasto, los feedlots entraron hace pocos años, hay una selección natural pastoril”, remarca Eyherabide, quien de la mano de Aníbal Pordomingo, del INTA Anguil, trabaja hace años en el estudio de los parámetros productivos que hacen la diferencia en la ganadería pastoril.
De hecho, el propio Pordomingo viaja todos los años a universidades de Estados Unidos a difundir ese conocimiento. “La producción de carne pastoril crece en Estados Unidos. De inexistente en los registros, se aproxima al 10 por ciento de la carne comercializada en el mercado interno de ese país. Estimaciones indican que el nicho pastoril ocupa un volumen anual próximo a un millón de toneladas (equivalente res con hueso) y sigue creciendo, con un precio diferencial que fluctúa entre el 10 y el 15 por ciento por sobre la carne común”, indica Pordomingo, y agrega: “La mayor limitante para ellos es la escala de producción, la oferta de terneros de genética y tamaño adecuados a planteos pastoriles y la falta de experiencia de producción a pasto”.
Eyherabide tiene 72 años y es criador de Shorthorn desde los 14 años, cuando sus padres le compraron su primer toro. Con el tiempo su cabaña creció, pisó fuerte en el ámbito local y, en los últimos años, trascendió fronteras. Desde hace tres años y por dos años más, a partir de un convenio realizado con un productor uruguayo, envía 100 embriones Shorthorn por año al país vecino. Y actualmente, junto a sus socios norteamericanos, tiene en Estados Unidos cuatro toros de su cosecha, más otros cuatro que están por nacer. “El objetivo es enfocarnos en la venta de semen para el nicho pastoril. Se vienen unos años promisorios, creo que dimos el puntapié inicial”, afirma. Y concluye: “Esta es la frutilla del postre”.
Fuente: Clarin


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